Estoy de regreso, no de vuelta. El caos de Asia cautiva tanto a quien allí llega por primera vez con la mirada de occidente que, una vez aprendida la lección y sentido como el caos ambulante de cualquier calle tailandesa se impregna en las ropas, uno se da feliz cuenta de que los valores occidentales en muchas ocasiones tienen los pies de barro, por no decir de mierda; dejemos en paz Oriente. Hablo de Asia, pero más concretamente de Tailandia; país que fruto de casualidades e infortunios he tenido ocasión de conocer de cabo a rabo, de norte a sur y de este a oeste. Sus gentes, qué decir, todo simpatía y es que no es casualidad que las tierras del Ex – Siam sean conocidas como las de las sonrisas. Nada que ver con los empujones del metro, la mirada desconfiada y el mal pensar frecuente del mundo occidental. Por el contrario, allí, amén de alguna que otra cosa como es lógico, la mayoría de la población está educada. No saben quién era Aristóteles, ni tampoco en muchos casos qué es la fuerza de la gravedad, pero tienen la educación de las buenas costumbres, el saludo matutino, la ayuda desinteresada y la sonrisa abierta como el puente de un río. Los monjes salen por las mañanas de sus templos, envueltos en sus túnicas, para realizar la ronda ambulante en busca de alimentos diarios, la gente ya haya empezado a trabajar o no, incluso aún con la puerta del negocio cerrada, se desvive en darles algo de arroz, legumbres o cualquier otro alimento a los monjes de mirada humilde. En contraste, basta con plantarse en pleno Khao San Road, puro centro de Bangkok, para comprobar como estas escenas cotidianas se ven interrumpidas por el escándalo de los turistas, principalmente alemanes, australianos, e ingleses que continúan la juerga a primeras horas de la mañana bebiendo cervezas Shinga a la puerta de cualquier tienda 24 horas. Como digo, Tailandia es una tierra de contrastes. Los olores de cualquier mercado, los sonidos de las motocicletas a escape libre y los Tuk tuk así como los colores de cada cosa se mezclan una y otra vez creando un mosaico rico y bullente que sólo se puede resumir en una sola palabra: Asia.
Empecé mi viaje hacia mediados del pasado diciembre en el extremo sur del país, Phuket. Pude comprobar, después de hablar con mucha gente del lugar, cómo el miedo al Tsunami todavía reaparece cuando el calendario se acerca a esos fatídicos días de hace cuatro años, cuando todo, en apenas horas y de sopetón, se vio inundado de agua, un mar cabreado que no dudó en llevarse por delante a justos por pecadores, coches y casas de cemento barato. Pero esta vez, pese a la cabeza baja de algunos, no llegó y las gentes pudieron disfrutar de un mes de diciembre tranquilo. Phuket estaba por tanto curado y recompuesto en cuanto a estructuras, organización y demás enseres, la gente como digo todavía necesitará algo de tiempo, aunque éste no sea ningún médico y lo único que proporcione sean algunas dosis de olvido, sin duda necesarias. Tras peripecias de todo tipo en minibús, taxi rudimentario, motocicleta y algún trenecito de provincias me ví perdido de la mano de dios en las fantásticas islas del Golfo de Tailandia, aunque hay un número indeterminado de islas, las más cotizadas e importantes de este archipiélago son tres, Ko Samui, Ko Pha-Ngan y Ko Tao, según vamos de sur a norte. Si bien la primera de ellas está abarrotada de turistas y todo, y digo todo, está ultrapensado para el disfrute del turista medio, las otras dos dejan espacio y playas desiertas para los pequeños complejos turísticos a base de bungalows de bambú que acogen a los turistas que buscan otra cosa de su estancia en Tailandia, allí se dan cita tanto exhippies de los setenta venidos a menos, jóvenes de la nueva europa que se dejan tatuar el cuerpo según la técnica del bambú y que se hacen rastas en el pelo buscando algo que, como diría buda o cualquier monje de por allí, sólo encontrarán en su propio interior. Pero en estas dos islas no todo es tranquilidad de playas desiertas y un sol que se pone con dulzura de tonos anaranjados, también hay espacio para las fiesta de la luna llena, también llamadas Full Moon Party, dónde para festejar la llegada plena del astro los turistas, así como algunos tailandeses, se acicalan y se acompañan de litros de Samson -whisky típico tailandés no demasiado recomendable por las resacas posteriores- para bailar al son de música Trance con algún que otro espectáculo con fuego de fondo. La oferta de ocio en las islas en muy variada y va desde cursos de cocina de tres días, a excursiones de una jornada para bucear entre preciosos corales. En realidad, el sur de Tailandia es bastante homogéneo en lo que se refiere a lo puramente turístico, la cosa se reparte entre playa, masaje tailandés por algo más de tres euros, cena y copa solo o en compañía de alguna damisela tailandesa que busca novio temporal en alguno de los muchos bares de cada ciudad; sin embargo algo, en esencia y bajo mi propia experiencia, cambia a medida que nos desplazamos hacia el norte.
Así en los cerca de ochocientos kilómetros las playas de Krabi del bullicio de Bangkok se va asimilando cierto cambio de costumbres en los tailandeses que a kilómetro a kilómetro parecen olvidarse del inglés y de la rutina de tener al turista delante. Antes de dirigirse hacia el norte, una escala en Pattaya –territorio de alto octanaje en cuanto al sexo fácil, sin discreción y de pago, dónde Buda no parece que puso pie tras la llegada de los recios americanos del infierno vietnamita- me permitió comprobar con mis propios ojos lo que el escritor Michel Houellebecq describe como cloaca occidental; ciertamente era peor que en la novela. Vuelta a la capital y desde allí salto a la tranquilidad de las ruinas de Ayutthaya con dirección a Chiang Mai en autobús local, hacia el encuentro con los tailandeses del norte, tranquilos, simpáticos, plenos, respetables y humildes como los budas que coronan cada estantería o autobús en compañía de la fotografía del rey tailandés.
Todos cojeamos de los mismos lados, es lo que se piensa al ver de nuevo en acción a la trepidante Bangkok cuál bailarina nocturna enseñando las piernas mientras los siempre amigables taxistas se ofrecen a ser nuestros guías nocturnos. Los tailandeses de siempre duermen tranquilos tras su jornada, esos que todavía viven alejados de las luces de colores de la noche, esos a los que occidente todavía no ha tomado por el cuello con sus maneras de medir el tiempo, tan estrictas, tan imposibles de vivir. Por suerte ésos son aún, en Tailandia la mayoría. Para cerrar una anécdota acaecida en un punto perdido del país: un monje budista en un autobús en un perfecto inglés hacia un americano medio borracho con mochila: “el hombre camina y vive más ligero sin peso”. Moraleja, olvidémonos de imponer valores, los suyos son mejores, dejemos en paz a Oriente.

Febrero, fecha imprecisa,
tras un viaje uno no debe saber nada.
Justo Zamarro