Siete de la mañana, el frío de Viena se hace más real que a ninguna otra hora, entumece los huesos como si estuviéramos en Burgos. Para los que no lo sepan vivo en Viena, para los que no sepan dónde está Viena diré que es la capital de Austria, no Australia como tienden a confundir algunos periódicos italianos de baja calidad. Sobre la locura de esta gente, entendiendo el término seriamente, no diré más que cada loco con su tema y que hay que vivirlo para entenderlo. Hablaré de otra locura, la de nuestras vidas diarias, por eso escribo en domingo riéndome un poco de todo orden posible con números en rojo y fechas señaladas. A los austriacos como a todo hijo de vecino les gusta bailar, al principio se hacen los remolones apoyados en la barra con maneras casi de gangster pero al final de la noche, cuando casi todos los locales están por cerrar, la pista de baile parece una lata de sardinas sin aceite que haga resbalar las intentonas de quién busca mujer u hombre casi al final de la fiesta; y digo casi al final porque muchos como yo siguen la fiesta en casa. Vaya por adelantado. Suena mucha y buena música, incluso algún viejo éxito de esa banda tan ruidosa que lideró el siempre actual Enrique Bunbury –le veo vestido de violeta o de rojo, uñas pintadas de negro y mucho más dentro que fuera, como les pasa a los buenos artistas como Rocío Jurado o Rafael- pero volvamos a Austria, con el frío de la mañana que clarea con tintes góticos; volvamos a la discoteca barucho porque hace frío: un turko despistado se dedica a rondar por el cuello de cada fémina creyendo que está en Estambul, que se llama Soleimán y, más peligrosamente que con esas maneras de troglodita venido a menos, las rubias y firmes austriacas desearán tomarlo en matrimonio, se equivoca el chaval y seguirá sin tocar pelo; y mientras todo esto va y viene otras mil cosas suceden en esta ciudad del demonio, Europa se mezcla una y otra vez en la pista de baile porque Viena es precisamente eso, la mezcla, el punto desde el que se puede plegar el mapa de Europa en dos mitades perfectas, por eso a mucha gente le da por el lado flojo, como dirían en mi barrio y se vuelven majaras como rajados por la mitad, hablo estrictamente de algunos austríacos que se divisan en cualquier metro. Luces, gente sentada en las mesas, chicas gordas que dan cabezadas sobro hombros ajenos. Las polacas bailan a dúo con el mestizo francés de las gafas grandes. Articulo la frase anterior así porque tanto las polacas como el francés son conocidos por todos; o acaso no los ha visto nunca, hagan memoria. Un español, mira todo eso desde la barra, y vuelvo a articular de este modo para decir que yo soy uno más de tantos, que no tontos. Europa parece una fiera radioactiva que se llena de pulgas, y se sacude y se sacude cuando debería tomar un baño caliente. No hablo de inmigración sino de malas costumbres y valores inexplicables que tendemos a creer como base de nuestra existencia y sin los cuales seremos infelices. Necesitamos meditar.¿Hace cuanto tiempo no se toman un respiro? Me refiero a sentarse en un sofá, cerrar los ojos, analizar nuestro interior, trabajar los pensamientos llegando a vaciar la mente, pues no señor, parece pecado. Acercarse una milésima al vacío, alargar el leotardo de guepardo en esa línea se ha convertido en algo impensable, casi en pecado para los que viven bajo el credo de la carne, digámoslo claro, algo señalado con aspas amarillas y negras, algo radioactivo. Equivocado. Es precisamente lo que necesita occidente, lo que necesitamos cada uno de nosotros para comprender aquello que el viejo Confucio –le veo con barba de chino y uña meñique larguísima- llamó, lo móviles de las acciones, es decir, el por qué de las cosas que hacemos. La mayoría baila, trabaja, se divierte, llora, folla, sin implicarse sanamente, sin comprender realmente qué lleva en juego o qué no, no son verdaderos toreros de su propia vida, la miran desde la barrera como si fuera la de otro como si quemara al tocarla. ¡Qué pasa! Hay que vivir, tomar la vida aunque sea radioactiva, comprender que estamos construyendo Europa sin ser demasiado conscientes de ello, que bailamos y vivimos junto a un monto de gente que viene de un montón de sitios diferentes e interesantes y no nos interesamos lo más mínimo en preguntar algo sino que pensamos desconfiadamente quedándonos en casita con la estufa encendida cuando la vida está en la calle a menos cuatro grados centígrados a las siete de la mañana que es cuando más radioactiva puede ser la vida.

                                       Casi las siete de la mañana 17 febrero