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La Coctelera

justozamarro

27 Febrero 2008

Me rodean

Siempre estuvieron demasiado cerca como para seguirme los pasos con la mirada, como para olerme el cogote sin que me diera cuenta de ello. Todos tenemos algo que nos circunda y acompaña desde la cuna a la tumba dejándose ver tan sólo en ocasiones. Estoy escuchando jazz en una de tantas emisoras on line de algún pueblo perdido de la fría Minesota; seguro que alguien sentado a los pies de una caravana escucha lo mismo mientras limpia su escopeta de caza. Escucho jazz, esa música del demonio que invitaba al genial Cortázar a seguir por la senda de lo literario, eso que le avisaba de que ese endemoniado papel recién parido por la máquina de escribir debía acabar arrugado en el cubo de basura. El mismo jazz que escuchaba cada noche el padre de mi mejor amigo de infancia. Era músico, no paraba demasiado por su casa porque siempre estaba de gira; muchas veces regresaba de Londres así de improviso y nos traía unos chocolates muy sabrosos rellenos de menta que por aquél entonces no sabíamos que se llamaban After eight y que comíamos a eso de las cuatro de la tarde porque no sabíamos inglés. Pero el padre de mi amigo sí sabía hablar inglés y decía palabras muy largas al teléfono, que parecían sacadas de un viejo magnetofón que ocultaba en el estómago, un estómago que estaba, a su vez, oculto dentro de una gran tripa de hombre con barba, por cierto. Lo mirábamos desde abajo, y tanto mi amigo como yo veíamos un poco a un desconocido, un nómada que cuando estaba en casa se pasaba las noches en el salón practicando con el bajo mientras visionaba algún video de jazz americano de los años ochenta. Cuando no estaba, entrábamos en la habitación prohibida, la habitación de música para jugar con nuestros muñecos de plástico entre guitarras, altavoces, y un diapasón inquieto y brillante que hacía las veces de guillotina para nuestros pequeños héroes. Ahora comprendo, al sentir un viejo bajo que palpita, que esos recuerdos me rodean. No sólo rodean a los hombres sus recuerdos sino esas cosas que fraguamos en el presente y que serán los recuerdos del futuro; no se trata tanto de las cosas que hacemos conscientemente sino de aquellas que pasan desapercibidas pero que son constantes. Normalmente algo muy intenso tiende a durar muy poco y a acabar dramáticamente, es decir, de forma intensa como su propia esencia; algo suave permanece y se diluye despacio, sin dolor. Con estos ritmos, siempre endemoniados como el jazz de Cortázar, se van imponiendo en la vida esas cosas que nos rodean y nos rodearán. A mi ahora, creo, que me rodean Ray Loriga con sus frases tan largas sobre adolescentes y sus libros tan cortos como Lo peor de todo que resultó ser también lo mejor de nada. Gracias Ray por darle a la literatura algo de modernidad, ya te cogemos el relevo. También me rodea el maldito Balzac de nuestro siglo, hablo de Houellebecq siempre con su cigarro mal cogido y su mirada de ingeniero escrutando cada milímetro de la realidad que le rodea y Sánchez Dragó con sus consejos diarios tipo web y la música en alemán que me escupe en cara a casa preposición mal entendida. Las cosas que nos rodean, esas discretas referencias, nos cuidan como cuidan las sábanas a quién duerme o las cornisas a los suicidas sin vocación. El padre de mi amigo se fue una buena mañana ligeramente, como las cosas que no son intensas, para no regresar nunca, no se llevó su Bajo plateado bajo el brazo ni tampoco el recuerdo de sus hijos pequeños pero si nos dejó un universo que siempre nos rodearía y lo más importante, el secreto de la habitación de música y la sensación de estar disfrutando de algo que estaba prohibido.

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