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La Coctelera

justozamarro

4 Mayo 2008

Lo contrario de lo contrario: Tipical Spanisch

He vivido toda mi vida en Madrid, en una ciudad de las llamadas “dormitorio” situada en el extrarradio. Me ha costado algún tiempo entender de dónde provenía y la diferencia entre ese extrarradio, más parecido a un pueblo venido a más que a cualquier otra cosa, y una capital. Después abandoné mi infancia, y a otra cosa. La infancia realmente se acaba cuando uno tiene que comprarse sus propias sábanas y pensar en la compra semanal. Me piré, me autoexilié entre otras cosas porque quería vivir que había más allá de nuestra península. Entonces empezó todo. Aquí la revolución. Viví en una capital dónde los jóvenes se independizaban sin demasiados problemas, yo entre ellos que me independicé sin darme cuenta de lo que hacía, benditos sean esos cambios que nos haces comprender que la vida es un fenómeno que aún a nuestro pesar sucede. Teníamos problemas para pagar el alquiler y no teníamos dinero para comprar muebles en Ikea así que los comprábamos en mercadillos de segunda mano dónde uno encontraba cosas muy viejas a precios muy razonables. Las casas, las habitaciones con estos muebles de antaño decoradas, cobraban una atmósfera particular, nueva pese a los lustros que escondían las esquinas de sus cajones. Ningún mueble combinaba adecuadamente ni en colores o estilo con el contiguo, pero nos daban su eficacia, nos cuidaban como hacen las cosas auténticas con las personas que las rodean. Vivíamos en pisos compartidos, dónde en cada habitación uno podía encontrar una vida independiente, un intento de ir hacia delante, una apuesta por cierta libertad frente a un mundo que parecía estar hecho para las generaciones asentadas ya en el mercado laboral, ésos que ya había comprado una casa, o estaban por la labor. Malditos sean quienes creen que para ser adulto, para atravesar ese umbral hay que estar hipotecado, me reitero, malditos sean los que no se conforman simplemente con vivir. Por otro lado, los medios de comunicación comenzaban a preocuparse por los problemas que los jóvenes tenían para independizarse en otros países como en España o Italia debido a lo caras que eran las viviendas, y con todos esos mensajes en cierto modo catastrofistas y muy latinos, siempre con el drama por delante en lugar de las soluciones alternativas –mentalidad mediterránea a todas luces-, nos parecían decir: está todo perdido, no hay posibilidades, uno no es persona hasta que no se compra una casa, hasta que uno no está dispuesto a pagar cerca de mil euros mensuales durante la friolera de 25 ó 40 años, es decir hasta que no tengas una hipoteca (bautismo inicial para entrar en la madurez de un mundo económico) uno no es lo suficientemente adulto. Estupideces de quienes formulan los valores que a su vez son el patrón, la vara de medir de quienes desean compararse continuamente en la denuncia reiterativa de lo que los demás carecen. Que se vayan a la mierda con esos mensajes, perdónenme la expresión, pero Malditos sean quienes creen que la felicidad, el desarrollo personal y el disfrute de la juventud se miden por cantidades mensuales extrapoladas en cuartos de siglo. Aquí como quien se siente en el centro de un laberinto y sabe cómo salir de él yo me aproximo a mi máxima: Digan NO a la compra de una vivienda hasta que el precio sea realmente asequible y controlada por los medios estatales y no algo proveniente de inflaciones burbuja provocadas entre otras cosas por el cambio de moneda que trajo consigo no sólo una inflación normal y previsible sino una abundancia de dinero negro que se blanqueó en el sector de la construcción como moneda de cambio. Esta inyección de dinero en B en las venas del sector constructor produjo un espejismo en el que se jugaba con más dinero que el que realmente existía. Era como comprar algo con un dinero que aún no has recibido. Pasados algunos años esto se desmorona pero no dramaticen, ya le hemos visto las orejas al lobo, así que no caigan en la trampa de los terratenientes, tener algo propio siempre está bien pero llega a ser un ancla que nos ciega e impide disfrutar de pequeñas cosas diarias. El ancla le sirve a los barcos para no derivar momentáneamente y no para dejarlo varado. Recordar siempre que los horizontes siguen estando ahí, mañana será otro día. Además la felicidad es posible en un piso compartido de gente joven, uno puede llegar a ser más feliz que los chicos de Beverly Hills 90210, lo prometo. Los muebles viejos son solo eso, objetos en los que apoyamos nuestra vida ¿Había usted pensado que quizá esos muebles, esas cosas materiales –en las que incluyo el televisor de Plasma, nuevo icono u Oráculo de Golfos en el que buscar respuestas- le darían la felicidad? Permítame la carcajada. Señores, ya lo dice mi aún desconocido Dragó desde su mesa en Castilfrío y entre las telas de su kimono japonés: ¡apaguen y lean! Da igual el qué pero apaguen de una vez los zumbidos que nos inculcan ideas del tipo: cuanto más tienes mejor, la abundancia material hace crecer a las personas, el confort no es un mito sino un anglicismo de los anglocabrones que toman café sentados en sillones de antaño. Los nobles o señores de la guerra que ven siempre con vista de lince dónde meter la viga en el ojo ajeno. Precisamente quienes no sienten la necesidad de lo material, esa recreación en lo superfluo requiere de ocultarles la verdad a los demás, y se acomodan en el sofá de cuero con la pose del éxito. Luego algún infeliz ve en televisión, ¡oh dios! de nuevo el nombrecito (me escondo bajo la mesa), la escena y siente la imperiosa necesidad de comprar ese sofá de cuero intentando imitar al aristócrata de turno. ¡Señores que no! Las virtudes se cultivan no se compran. Compren ustedes sólo cuando el dinero a gastar se ajuste a lo que reciben, no pretendan comprar valores, la cosa nunca funciona. Las viviendas vienen costando cerca de veinte veces más que hace quince años, sus precios están bajando, la burbuja se desinfla, muchos ya han pagado el pato de verse con una deuda económica muy por encima de sus capacidades y, peor aún, por encima del nuevo valor adquirido de la casa que una vez compraron. La deuda se mantiene, pero los precios oscilan. Es un baile dónde sólo hay que esperar a que suene nuestra canción, pero claro la paciencia y la prudencia no están entre las virtudes del respetable, entonces me cabreo de nuevo olvidando todo lo dicho y animándoles a comprar compulsivamente. ¿Realmente leerá alguien este texto? ¿Alguien que razone un poco, que reflexione sobre la situación de los jóvenes españoles de ahora? En España es ley de vida hacer precisamente lo contrario de lo aconsejado por eso y sin esperar un segundo les animo a comprar; sí, sí a comprar como cochinos jabalíes cuánto les venga en gana. Lista de la compra: Compren un lector DVD portátil, un mueble de Ikea, un coche nuevo, una televisión de plasma, tengan ustedes miedo a salir despeinados a la calle, la tele les vigila, compren entonces una camisa de Pedro del Hierro, un portátil con Ventanas sin Vista, un ciclomotor, y por último una Casa que cueste veinte veces más que su valor real, ¡ahí es nada Pedrín!, ¡ja, ja! (Esta vez me río en serio) paga crédito a los señores de la guerra del mundo del ladrillo hasta que te jubiles cuando dicha vivienda cueste la mitad de la mitad…¡Bienvenido Mister Tecnocasa! Suma y sigue, que cada perro se lama su cipote.

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julia

julia dijo

Justo, estoy de acuerdo con la mayor parte de tu comentario.
Debido a mi edad, creo que casi respetable, estoy ya instalada en aquello de casa propia, sillon propio, y todas esas cosas que comentas.
Pero no soy y nunca fui esclava de ellas.
Mi juventud guarda l aimagen de pisos compartidos, de posters en la pared, de estanterias autofabricadas con ladrillos y tablas en las que colocabamos nuestros libros, desde Sartre a Doris Lessing, pasando por Marcuse y tantos otros consagrados y algunos olvidados gurus de la generación de los 60.
Pertenezco a la generacion del 68, a los que se asomaron a Europa hace 40 años, y viajabamos a Londres, con el dinero justito para que nos dejaran entrar, y una vez allí a "estudiar ingles" mientras trabajabas en lo que saliera, las chicas de Baby sitter, y tantos amigos de camareros, friegaplatos, o lo que fuera. Incluso cuando alguno de ellos pertenecia a la pequeña burguesia española.

Luego nuestras reuniones en las que se mezclaba procedencia, italianos, galeses, inglese, de todo.

Comprenderas que a la vuelta todo nos pareciera estrecho.

¿Muebles de Ikea? Esos llegaron cuando ya tenia la vida encarrilada, cuando quedaron atras los cojines multicolores esparcidos por el suelo.

En una ocasion cruzando el desierto del Sahara en furgoneta, con unos amigos, tomamos el te en un tienda de unos nomadas. Todo cuanto tenian estaba bajo la jaima. Una estructura de pieles de cabra sostenida por palos, una tetera y unos vasos en los que nos sirvieron un te riquisimo. El fuego encendido en un hueco de la tierra apisonada y mantas por el suelo para sentarse, o para dormir.

Todo caunto tenian cabia en los lomos de los dos pollinos que atados a una estaca, además de ellos un minusculo rebaño de cabras, unas cabras enanas que eran toda su riqueza.

¡Cuantas veces pense en ellos! Sobretodo cuanto he tenido que hacer mudanza!

Bueno, ya sabes, ni tanto ni tan calvo. Pero creo que la solución es ser tu dueño de las cosas, no que las cosas sean dueñas de ti.

Un abrazo.

Julia

16 Julio 2008 | 10:06 AM

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