Contrarecomendación culinaria
Viena. Restaurante español. Nombre: Calatrava. No vayan. No ir sería poco, no se asomen por allí, aléjense los amantes del buen comer de toda calle que se dirija a los vapores de dicha cocina. Doblen la esquina, hagan un corte de mangas agresivo, dense la vuelta y corran en busca del primer puesto de Kebab cercano porque seguro que atenderán mejor y con calidad a los clientes; amén de la calidad de la carne. Esta crítica es merecida, me traerá algún que otro enemigo nuevo, bienvenido sea, puesto que sin enemigos uno se estancaría. Esta crítica se las trae. Prepárense.
Todo empezó a las nueve de la noche de un sábado noche. Habíamos quedado en encontrarnos en dicho restaurante con el ánimo de disfrutar de una velada inolvidable entre amigos y buena comida. Todo fueron sonrisas, buena energía y muchas ganas de pasarlo bien. Nada más llegar nos sentamos en la mesa que teníamos reservada para nueve. Primero: una sola carta para nueve comensales. Ante la pregunta de uno de los presentes la camarera responde: solo hay cinco cartas para todo el local. ¡Imposible!, pensamos todos. Miramos al techo (cuatro metros de altura), miramos la profundidad del local (unos diez metros de eslora, diría un capitán), contamos las mesas (unas ocho más o menos, cada una con sus sillas correspondientes). ¡Imposible! Sí, sí, eso dije y olvidé añadir algo: pero cierto. Segundo: La camarera, aprovechando que era conocida de alguno de los comensales, se desquitó de la responsabilidad de tomar nota de las bebidas y los platos a degustar alargando su brazo sin manga de camisa hasta la mesa con un: ¡Anotarme lo que queréis! Tras cinco minutos nos sirven las bebidas (puntuales eso sí, y sin novedad: ¡Oh, capitán, mi capitán!). Ahora empieza la batalla, diría alguno. Tercero: Tras quince largos minutos llegó mi plato. Me sorprendió la pobreza de la ensalada (cuatro hojas de lechuga blanca, un tomate partido por la mitad y un escueto chorro de balsámico de Módena), al menos la mía llegó. Seis minutos después, yo apuraba el último tomate, llegaron cuatro croquetas. En realidad, dos personas habían pedido croquetas, la segunda porción nunca llegó a la mesa. Apéndice informativo: Señor cocinero, tanto trabajo le hubiera costado echar a la freidora ocho croquetas en lugar de cuatro; o es que lo hizo así pero acabó zampándoselas usted mismo de lo bien que le quedaron. En ese caso, qué le aproveche, porque mi amigo se quedó con hambre. Lo repito, yo tuve suerte porque mi plato al menos llegó tal y cómo figuraba en la carta. Otros de los clientes tuvieron que devolver los platos de ensalada porque no había ni rastro del queso manchego, amén de que las lochas de jamón serrano aún estaban pegadas unas a otras como recién salidas del envoltorio del Billa. Mis compañeros, cansados de esperar, iban a cultivar la paciencia de sus espíritus con el humo de sus cigarros como remedio espiritual contra el hambre. La camarera, se unió a la fiesta llegando incluso a pedir un cigarrito a unos de los comensales que esperaba eternamente su soñada sopa de espárragos (teóricamente primer plato en servirse tanto por su sencillez como por que pertenece según la gastronomía universal a la categoría de los primeros platos o entrantes, si Pepe Carvalho levantara la cabeza hubiera llegado hasta el fondo del asunto). Con todo, los platos llegaban a la mesa, yo que no fumo me plantee varias veces irme a fumar con mis amigos a la entrada. Acabamos comiendo, a regañadientes, intentando formular en nuestras cabezas posibles atenuantes a dicho esperpento surrealista (un cocinero herido en el último momento, falta de personal, una freidora estropeada, falta de ingredientes, falta de amor al trabajo, o peor aún que fuera Ferrán Adriá quién estaba en la cocina haciendo pompas con sabor a pollo frito y boquerones en vinagre. Si es así, prefiero ser un ignorante que come a un finolis que mira babeando el plato ajeno). En todo caso, vinimos a concluir, algún problema habrán tenido para que se haya dado esta catástrofe culinaria. De ahí que nos planteáramos la posibilidad de que el responsable del local, al finalizar la velada se acercara a la mesa pidiendo disculpas con unas copas a cuenta de la casa. Cuatro: Nadie presento sus excusas, la crisis no es sólo cosa de la banca, sino que también lo encontramos en el arte de la restauración y el decoro. Recuerdan la soñada sopa de espárragos de mi compañero. ¡Allá va! Quinto: Llegó, la última pero llegó, eso sí, de los espárragos ni rastro porque resultó ser de champiñones.
Un cliente que no volverá por allí.